miércoles, 1 de julio de 2009

Heriberto Frías, 826

El olor cancerígeno en las calles,
como olor a pescado,
moja mis zapatos de tránsito
y mi asistencia remota.
La pesadumbre del saco morado
enviste con alivio mi espalda de quiropráctico:
¡émula de la llama!
Y la propaganda celestial:
el blancoazul, el tricolor,
el sol azteca;
la estrella, mejor amiga de los pollos.
¿Cómo puede un vendedor de álgebra en CD-ROM
-factor común, polinomio, máximo común divisor
ahorre hoy, hasta ochocientos pesos,
sí, ochocientos pesos-
encontrarse tan tranquilo?
Si esta ciudad ya rebasó la mercadería,
la camaradería,
y el desteñimiento de los anuncios para tacos de guisado.
¡Esclavos todos,
esclavos de reproductores eme-pe-cuatro, esclavos¡
Tlamaltinimes pragmáticos,
como olor a peróxido;
the great pretender en la parada de autobús de Gabriel Mancera,
tánatos involuntario.
Si estos dioramas celestinos, a media calle,
no fueran cárcel,
¿sería entonces, acaso un dandy muerto de ensueño?
Si todas las grietas no lastimaran,
o los manchones en las aceras, no fueran preguntas,
¿seguiría siendo un donjuán?

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