jueves, 4 de junio de 2009

Un Borges enamorado


Para Julia,
que a veces se siente pequeña, líquen,
como una pulgarcita enamorada.


Un Borges enamorado,
sutil, sol y pretendiente,
ha de encantar a las suegras en lugar de a sus mujeres.

Toma el té y juega cricket:
y sabe decir "te quiero" en ocho idiomas
con sus variantes respectivas de filigrana,
alabando astros viperinos en esperanto, fenicio y sueco.

En toda ocasión prudente,
fulguran los murmuros a su paso:
¡cuánto sabe!, ¿ya viste?,
dice la Reina que lo ama,
qué joven...qué elocuencia...qué manjar...

A los tres años se sabía,
los nombres originales, los fundantes,
que le impuso la Trinidad a lo cósico, lo existente.

Un cienpiés solitario,
pecador, de tan solemne
lo han de apodar el laureado;

pero son otros, los aquellos
que le dicen bicho raro,
teto, nerd o hasta bizarro,
como patina inútil que le sobaja la existencia por un rato.

Un Borges enamorado
jamás pisará un antro.

Le gustan los versos del parque,
hablar de clepsidras y flores,
admirar a Giotto y Giordano,
y cortejar usando al Dante.

No dudo que prefiera
el beso candencioso, dulce;
ruin y desconsiderado,
al desborde feromónico de la otra noche.

Toma la fémina mano
con su ruin, tentáculo frío,
llamándola Terpsícore,
o Artemisa, "de cariño".

Si va al cine no abraza,
pero sí habla de Klaus Kinski.

Una salida perfecta:
concierto de Günter Herzog.
Y mientras comen un helado,
habla de alephs y heresiarcas,
de cuánto ama los tigres,
las mariposas, los ríos
y todo lo heraclitiano...

qué significa infinito,
laberinto, tiempo o culebra.

No hay series televisivas por la noche,
escucha a Wagner, a Yo-yo má
en los bordes fonográficos de su archivo insondable.

Un Borges enamorado
viste de saco, corbata,
chaleco y ramo de flores.

No conoce el Abercrombie,
ni el Hilfigher,
tal vez, tampoco lo que es ser joven.

En lugar de serenata,
es capaz de leer a Ruben Darío en aquel portón lluvioso,
enfatizando los nombres griegos,
arguyendo la pronunciación de Alfonso Reyes,
o su frase favorita de "Las Tristes":

parve, liber in urbis...

En la playa, traza con una ramita

Ἔρως

y habla sobre Ezra Pound,
sobre Faulkner y Nathaniel Hawthorne.

Puede hacer mil poemas

(unos mejores que otros)

todos bellos y repletos,
de mil cosas que poco entenderías, que pocos saben.

Y serás tú, en su cábala bendita,
el centro numerológico y perfecto,
del i-ching, la runa favorita,
de un códice, tornada profecía.

Un Borges enamorado,
te mirará con ojos llorosos,
como medallones lamentables.

Te dirá con acento gaucho,
emulando el compás de la vihuela de su amado Martín Fierro,
que te ama visceralmente,
y le dirás que ya te aburriste,
que no hallabas cómo cortarlo.

Él se ha de aferrar a su libro,
preparando el mentón para el papel
y tú, con más lástima que cariño,
sobarás su espalda
y susurrarás:
hay muchas chicas, Georgie boy, hay muchas chicas.

Y cuando veas que en la calle se aleja,
sabrás que no lo mereces,
y te ahogarás, pensando con la garganta,
que él te hizo una musa que nunca fuiste.
Que no ha de volver a verte,
porque se hundirá en sus libros,
en sus astros, en sus misterios.
Que no quedará más espacio
en su mente memoriosa, cual Funes,
ni en su río eterno que reencarna,
ni en su amplísima biblioteca de Babel,
para alguna fotografía tuya.

Y tras algún suspiro,
correrás a los brazos de un imbécil,
sabiéndote maldita a ratos:
no habrá laberinto, mariposa,
no habrá alfil,
no habrá Ulises, Afrodita,
no habrá ciclos,
no habrá relojes de arena,
no habrá cuentos policiales,
no habrá pilares helénicos,
no habrá,

otro Borges enamorado.

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