lunes, 20 de abril de 2009

Ejercicio de Versificación a través de un encuentro matutino de Octavio Paz con Pat Benatar

-La confusión de las lenguas daba resultados, una pesquisa,
pesquisa te digo, apabullante, fue en la sala de ella
te digo, por el recibidor donde entras, contrahecho escalera,
y en la pared posterior, y en la ventana y en la cocina, y tras bastidores
por el clóset, por el catre, a la entrada del baño, regreso a la sala,
increíble, y empezó por la lengua, apabullante, te digo, apabullante
-Y en el recuerdo admirable, caigo, café en mano ahora que te cuento que
quién sabe,
-...a lo mejor me odia
-¿Lo piensas?
-¿creo yo?
-¿Odiar, odiar, así como odiar? No.
-Odiar, odiar. Sí, así tal, como te digo, odiar, odiar.
-¿Crees? No, creo yo.
-Eso es lo que pasa. Créelo, así es.
-Así pasa...cuando uno funde lengua apabullante en la sala cocina baño clóset
y al final sólo la riega, qué más da, siempre la riega
-No, no creo. /-Y yo creo que sí, que me odia, mas que más da, si uno la riega,
siempre la riega, al fundir la lengua, eso nadie lo quita, el mundo se crea.
-¿El mundo se crea? /-El universo entero. Todo se crea, reafirma, consolida, se mantiene
-No sé de esas cosas...
-Sencillo aprender, al fondo sí sabes, es apabullante, es una pesquisa:
Amar es combatir...cuando dos se besan, el mundo se crea
-No lo había escuchado, mas tienes razón; una pesquisa apabullante,
¿...y el mundo se crea, dices?
-El mundo se crea, cuando uno combate, lengua pesquisa, apabullante
-Amar es combatir, mas me parece apabullante, y si
dos se besan, es lengua pesquisa
-lengua pesquisa, apabullante, combate en cocina, baño, sala, ventana, y tienes razón, el mundo se crea...
-El amor es un campo...
-...un campo de batalla



Alma que pena por leer a San Juan de la Cruz

Éramos jóvenes. Éramos porque somos ahora, más adultos que jóvenes, y más jóvenes que middle-aged people. A veces quiero que me perdones. No sé. Pedirte perdón me suena a añejo caleidoscopio, a fuego malpasado en un refrigerador mohoso, en un centro de rehabilitación. Hospital Británico, 1947. Hoy vino mi madre a verme. Y como Héctor Biel Temperley, la vi en toda su inmensidad, inmaculada, tan agredida como siempre, tan agreste. Tan hermosa. Soy un redactor de oficina, tengo un cargo público a ratos, y a veces, sueño que nos reconciliamos, no sé porqué imagino que fumo, pero lo que sí sé, es que a lo mejor no te gustaba tanto. No te gustaba tanto porque, tú lo sabes y lo sé, jamás he llegado a la parranda de tres días, ni sacado la cabeza de San Juan de la Cruz. Y es cuando te observo bailar en la barra de ese barecillo irlandés o te imagino limpiando el apartamento tras los huracanes etílicos que susurro a mis adentros, vivo sin vivir en mí, qué de larga vida espero, qué tormento es el vivir, que muero porque no muero. Qué es eso. Es el alma que pena por ver a Dios, ¿no te gusta? Está muy emo, definitivamente. Es, uno de mis poemas favoritos, definitivamente. ¿Y eso? Ay, Miguel, de verdad que debes dejar de ser así, saca de las páginas tu cabeza, un día te vas a matar. Y sí, hoy me voy a matar pero esa es otra historia. Porque no puedo sacar la cabeza de los papeles, ni de los papeles, ni de ella. Además de que a veces me parece tan fútil, tan extraña, enmarañada en sus propias conclusiones, idas, venidas, sientos y asientos. Y sí, sé que no lo hago bien pero un día haré algo grande, algún día. Te gustará, y ambos lo sabemos. Te gustará. Ay, ya basta, eres un perdedor y lo sabes. Y hoy recojo más papeles, papeles. Y me concentro en las fotografías, y no veo caricaturas, porque a veces -sólo a veces-, me hacen llorar mucho. Y tengo tanto trabajo que me recuerdo en la primaria, y en lugar de apoyarme me brinda un rescoldo compasivo, un abrazo que se vislumbra insoportable y resentido. Papeles. Inmensidades que bajan, borradores, llantos. Y un día, hazme caso, contrólate, un día vas a matarte, Miguel, con un carajo. Papeles. Una mujer, un amor compasivo, un cariño que no se tiene, un cariño que no se puede, papeles y hoy, sí hoy voy a matarme. Y sigo aferrado en la habitación a San Juan de la Cruz, y baja por la garganta...
un no sé qué que se queda balbuceando
No...y apenas hablo, las órbitas se descoyuntan...
un no sé qué que queda balbucando...sí. Si no, no daría endecasílabo.

sábado, 11 de abril de 2009

El héroe de la guitarra

A lo mejor soy otro
Angus Young

A lo mejor soy el arquitecto de mi destino
Hoy Thunderstuck, Back in black, Shoot to thrill,
Heatseeker, Jailbreak. Press start.

A lo mejor no.
Todas son rolas de Aici Dici.

Éste, que ves, engaño descolorido

Soy sombra ambulacral, mi vida estriba
en lamentar el ardid de una pena
desconocida, que muda entrega,
su juvenil actitud depresiva

Soy un flugor de existencia oportuna,
que disfrazado de estela perdida,
vil se envilece, ambivalente.
Rostro cubierto que baja su frente.

Soy un clamor que se forja de historias,
eco de pobres fetiches heridos,
un comprador enajenado,
molestia pasiva, irritante apacible.

El mutante que triste recoge, eso que más le conviene
el rosado azul, el negro amarillo,
la estética del videojuego,
llanto horadado pintándose a ratos,
del ánime nacido, Chaac Mool en la pose.

Cortada, pero con curita.
Navaja, tamaño rastrillo.
Pitido, de pecho morado.
Zapatos, de meter. Estoperoles.

Una plaga que fría se respira
un Atari que salió de la basura,
una revolución, involuntaria,
sin pretenciones de raza, credo, sexo, forma,
religión, gustos, partidos o intereses.
Un nihilista
que mamasea, despreocupado, mamasea
en avenidas, portales y plazas.

Pérdida, pacífico truhán
perdido, pérdida al fin.
Producto fácil, rentable.
Producto hostil de los medios
(y de la desintegración familiar).

"Es parte de tu vida"

El flaneur es un detective que persigue sus huellas,
dejadas en el interior (...) es éste, el fin del coleccionista.
-Atribuible a Walter Benjamin

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pisos insondables
cielos de mármol
destellos
de familias que cruzan pasillos
de niños que gesticulan
de madres neuróticas que todo prueban jalando niños que gesticulan
de padres vela que ignoran a las madres a su neurosis a los niños]
de abuelas con lentos oscuros que regañan
al padre a la madre al niño
de todos refundidos en espejos
de cuatrimotos en lejanías
de superestructuras lejanas
de letreros
de no fumar por disposición oficial
y al fondo
están los sanitarios
y al frente
un atrio maltrecho
un sendero luminoso
y más al frente
el púlpito de histeria adherido a los ganchos y a las etiquetas
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laptops reproductores eme pe cuatro
cámaras fotográficas y anaqueles
con fotografías
de niñas seductoras
de quince años
de trencitas rubias
de brochecitos de colores
de ojos aguapuerquiles
de sonrisa perfecta
y al fondo
un atardecer de sueño
photoshopeada manufactura
y al frente
el bikini que abandera un logotipo
y más al frente
la quinceañera que nos seduce y grita
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rodeadas
de hombres rígidos
de amigos vigilantes bien armados
de un radio tabique
de un gafete y
de una corbata
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camisa polo a trescientos treinta
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Von Dutch Emporio Armani
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del veinte hasta el cincuenta
Juguetes y maniquíes
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viernes, 10 de abril de 2009

All solids vanish in air


Para mi viejo


El problema con Octavio Paz,
no son sus estudios tajantes,
estéticamente arbitrarios.
Intolerantes.
No.
Su problema, fue haberse vuelto viejo.

Una imagen perdida,
víctima de la añoranza,
un viejito cascarrabias,
confundido, vista cansada

Como Borges,
un viejo ciego y babeante;
como Bioy,
con la quijada caída
y dientes putrefactos;
como el Vampiro Cervantes,
viejo juglar muy pedante;
como el viejo Sabines, o el viejo Henestrosa,
como Reyes, el viejo, perseguidor de yaquis,
como Reyes, el joven, que se volvió tan viejo
como su muy particular visión del Anáhuac

Viejos todos, como Hemingway en Cuba
viejos como Eliot,
declamado por un viejo Anthony Hopkins
en un auditorio viejo, de Cambridge University;
como Pound, el más viejo,
un pobre cowboy viejo, muy afectado

Respeto por los mayores, por ser más viejos,
por esos viejos que desfilan con su olor a viejo,
que conformaron su sistema, hoy viejo,
tan añorado, por los más viejos

pasaron los años y Don Porfirio,
hoy luce muy viejo en su vieja foto,
como el viejo PRI que pretende renovarse,
al igual que la moral, las computadoras,
la paternidad, la educación o la costumbre.

Todo se avejenta en nuestras manos,
que parecen cuartearse, volverse viejas
y hasta aquellos que jamás fueron viejos,
como John Lennon, Kurt Kobain o el Ché Guevara
sucumben tarde o temprano, cuan Dorian Grey,
al inefable paso de los años

El problema con Eloy Caloca Lafont,
no son sus poemas difusos,
estéticamente ilegibles.
Intolerables.
No.
Su problema, es ese temor que tiene
de volverse viejo algún día.

jueves, 9 de abril de 2009

La continuidad de mis parques

Paso. La puerta de la escuela, donde está el paradero de los taxis. Donde un taxista me preguntó una vez hace tiempo, a mediados de la preparatoria, sobre si tenía chica, y donde le contesté que sí, que era linda, que aún no era mi chica tal vez, que apenas andaba saliendo con ella, haciendo mi lucha. Y fue ahí cuando me besaste en la mejilla y el mismo taxista extendió su pulgar en señal de aprobación, meneando la cabeza. Y hoy sólo paso. Y cruzo la rampa que lleva a la calle, para enfrentarme a la parada de autobus. Una parada donde solíamos sentarnos. Tú decías "ahí viene un taxi, un taxi, sí, un taxi, y otro, y otro". Desconocía lo que eso significaba, hasta que el taxi se transfiguraba en te quieros y te amos y en un beso. Un beso en la mejilla. Hasta ese entonces, descubrí lo que era el taxi. Hoy los taxis siguen parándose frente a esa misma parada, igual que la línea J, que solía separarnos cuando irremediablemente debía irme. A veces, tu madre pasaba antes, y yo debía conformarme con un beso fútil, mal estampado. Y hoy, sólo paso. Una vez te dibujé en esa parada de autobus. Tomé un cuaderno y, según recuerdo, esbocé una muñequita delgada, muy parecida a ti. Tenía los mismos deportivos celestes que tú usabas aquel día. Señas irreprensiblemente tuyas: el cabello cayendo por todos lados, la diminuta cola de caballo amagada por una liguita negra, tus lentes rectangulares y algunas pecas sobre la nariz. Intenté dibujarla igualita a ti, tal como tú. Con la diferencia de que en el dibujo, tenías un dije. Un dije que te regalé esa misma tarde, que colgué cariñosamente sobre tu cuello. Un dije en forma de corazón. Perderías después ese regalo, una tarde que nos recostamos sobre el pasto, a besarnos, solemnemente. Lo repuse después con otro dije similar, esta vez, con unas esquirlas brillantes en el corazón plateado. Volviste a perderlo. Y lo repuse de nuevo, con un corazoncito de brillantes. Ya no recuerdo si perdiste ése o no. Pero fue también, en esa misma parada, que nos ocurrieron dos cosas irremisibles. A) Te conté sobre mi pretención de suicidio. Y te conté también, como fue que falló. Me preguntaste algo como, "¿qué te hizo seguir viviendo?", y yo respondí, "encontrar el amor, convertirme en padre algún día, probablemente, quién sabe". Sonreí. Sonreíste. Me sonreíste con tanta fuerza que supe que posiblemente me amabas. Y bueno, B)... fue en esa misma parada que te dije porqué te amaba. Desde ese momento, no han cambiado mis razones: "...te amo simple y sencillamente porque despierto a diario con tu imagen incrustada en mi mente, te miro cuando me veo al espejo y me lavo los dientes, y es cuando me digo, hoy vas a verla, y con eso, harás tu día, tan sólo con mirarla". Quién iba a decirlo. Hace ya mucho tiempo que no te veo. Bueno, aunque sí, sí te veo, en mi mente, cuando paso por la parada de autobus. Recuerdo mucho tu rostro aquel día. Poco antes de sentarnos ahí, te había llevado al Departamento de Ciencias Básicas, a las escaleras, para decirte que insoportablemente, te amaba, que me laceraba no haber podido decírtelo, que había sido un cobarde por no decírtelo. Me disculpé por hber preferido ocultar lo que sentía por ti saliendo con alguien más, haciéndome novio de otra chica. Y es que, había cortado con esa muchacha para alcanzarte y decirte que te amaba. Qué tonto, no dejé esperar ni dos días. Nada más corté con mi primera novia y corrí a expresar lo que sentía por ti. Recuerdo que te sorprendiste mucho, y con razón. Y ese día, transitábamos esa misma calle por la que hoy, paso, completamente consternados. Yo, por haber desenmarañado un gran secreto, "el punto a jamás tocar", como yo le llamaba. Tú, porque no dabas crédito a lo que escuchabas...sí, que él, el "mejor amigo", te amaba. Y, que siempre te había amado. A veces, incluso, sigo pensando que lo haré eternamente. Y hoy paso. Por la plazilla de negocios contables, lugares vacíos de estacionamiento, cadenas amarillas y una tienda de abarrotes, que están frente a la esquina de la escuela. Y recuerdo que cuando te encaminaba a tu casa, era ese punto en el quecomenzabas a platicarme algo. O más bien, donde te vendría contando lo que sea; sobre libros, más que todo. Películas, música o libros: eso era yo en la preparatoria. Eso soy yo, probablemente. Eso seré siempre. A veces, recuerdo que me escuchabas embelesada. Cuántas cosas no sabía yo. Ahora me percato de que no sabía nada. Era un moquete pretencioso, un sabelotodito. Demasiado pretencioso para mi propio gusto, caray. Desconocía muchas cosas que ahora sé, que hubieran servido tanto durante aquellos momentos. Como cómo quererte, como cómo haberte hecho sentir que valías, que me agradaba escucharte. No sé...tantas y tantas cosas. Y yo hablaba del Señor de los Anillos, que en ese entonces estaba muy de moda. Y yo con el "Retorno del Rey", con Arwen y con Gandalf y con los hobbits. Yo parecía un hobbit en esos días, ¿me recuerdas?, tenía el cabello ensortijado hecho una maraña, era muy delgado, hasta paliducho, y mis orejas se ocultaban por mi cabello castaño. Una melenita abundante. Cuando todavía tenía cabello, caray. Qué cosas...y me decías cosas tan bonitas. Siempre, que era un loco, que estaba medio loco, que era "tu loco". Pero lo más bonito que me dijiste, que me voy a acordar siempre, fue en el parque que está al lado de tu casa -o de lo que era tu casa-: "eres un pequeño ángel que le gusta jugar a vivir". Y tú eras muy hermosa, finísima, grácil. Muy tímida. Sobria, muy seria. Demasiado formalita para un loco como yo. Pero así me encantabas, con el cabello largo, con tus secretos, con tus ojitos de carey. Así me gustabas tantísimo. Y hoy paso por el mismo basurero sobre la terracota, por el portón oxidado, por la pequeña empresa de vigilancia y por el anuncio de Silicones. Por la cancha de futbol rápido. Era esa esquina la que aprovechábamos siempre para besarnos. Besarnos rápido, de pellizco. Justo antes de cruzar la calle. Como es de doble sentido, teníamos cuidado en esperar que ambos flujos se detuvieran. Hoy, me agrada detenerme un rato en esa esquina, buscándome en mi meoria para besarte otra vez. Éramos un par de chiquillos. Unos chiquillos que se reconfiguran en cada parejita que hoy transita esas calles, que hoy sale de esa misma escuela. Tan jovencitos y hermosos. Tan felices. Hoy cruzo esa calle para toparme con la gran avenida de lozas y una gran barda, que conduce a la Plaza que estaba cerca de tu casa. Y ahí mi sonrisa fue borrándose. Recordé que en esa calle comenzábamos a discutir. Esa calle está inundada de mis celos del pasado, de mis humillaciones hacia ti, de los sarcasmos, de la violencia. De explicitar porqué no servías para mí, porqué era tan infeliz. Del chantaje. Y paso y lloro. Por todas las tardes que con el pretexto de acompañarte a tu casa, usaba el camino para comportarme como un imbécil. Y recordé que antes de eso, cruzábamos esa calle abrazados. Me percaté, incluso, de que un día cruzamos esa calle uno frente al otro, yo de espaldas, tú de frente, y la cruzamos besándonos. Y tú ya no te acuerdas, pero yo no puedo cruzar sin pensar en que fue uno de los días más felices de mi vida. Y hoy paso, paso solo, paso gordo, aletargado, con mi corbata y mis ánimos de ser adulto. Sólo paso, paso viéndolo todo pasar. Y hoy, hay un edificio y un camellón que entonces, no estaban. Hay un montón de decepciones que entonces no estaban. Pero los lugares clave prevalescen tanto como los recuerdos. Como el Vips con una pequeña tabaquería llena de películas y ositos de peluche, como el expendio de revistas, como la entrada al almacén donde siempre se aparcaban los carritos de súper, como el puesto de tortas, como la marquesina de cine, como la parada de autobus donde, después de dejarte en la puerta de tu casa, me detenía a pensar en ti y a esperar mi transporte. Caray, como la misma puerta de tu casa. Donde nos peleábamos, nos abrazamos por horas, nos remitíamos a la pared sombría a descontarnos diez minutos de besos, como tantas y tantas cosas que no han cambiado. Hoy paso. Paso solo. Pero sigo tomando la misma línea de autobus, la número 3, sigo comprándome un Dr. Pepper en esa tiendita cerca de tu casa, en la que atendía una muchacha checa, y sigo llamando desde la caseta telefónica de la esquina de tu calle. A veces me gusta, ocioso, sentarme en el parque de al lado de tu casa. Hago unos reportes ahí, me como un sandwich, escribo un poema, o me doy un respiro. El otro día, vi a dos jóvenes bajo la jardinera donde nos sentábamos. Se besaban. Se besaban tanto que parecía que se iban a comer las caras. Me acerqué sigiloso. Éramos nosotros, yo con mi playera diminuta y verde, tú con esa blusa de olancitos y botones, pálida y de rayas. Yo te tomaba del cuello y recostaba tu cabeza. Buscaba abrazarte. Tú, consternada por aquel beso, movías poco los brazos, pero meneabas mucho las piernas, enfundadas en unos vaqueros ajustados. Por la cajita de galletas que había al lado de ese muégano-beso, me percaté de que se trataba de la primera vez que te visitaba, que le llevé galletas a tu familia, que decidimos salir al parque de al lado, a "platicar". Claro que la visita se nos fue besándonos. Se nos fue en un gran beso. Nos vi y no quise interrumpir. Me pareció descortés, viendo lo emocionados que estábmos, lo nerviosos, lo excitados, lo faltos de elocuencia y llenos de amor. Me puse mejor a escribirnos un poemita y, tomando mi maletín, me alejé hacia donde terminan estas calles.