jueves, 9 de abril de 2009

La continuidad de mis parques

Paso. La puerta de la escuela, donde está el paradero de los taxis. Donde un taxista me preguntó una vez hace tiempo, a mediados de la preparatoria, sobre si tenía chica, y donde le contesté que sí, que era linda, que aún no era mi chica tal vez, que apenas andaba saliendo con ella, haciendo mi lucha. Y fue ahí cuando me besaste en la mejilla y el mismo taxista extendió su pulgar en señal de aprobación, meneando la cabeza. Y hoy sólo paso. Y cruzo la rampa que lleva a la calle, para enfrentarme a la parada de autobus. Una parada donde solíamos sentarnos. Tú decías "ahí viene un taxi, un taxi, sí, un taxi, y otro, y otro". Desconocía lo que eso significaba, hasta que el taxi se transfiguraba en te quieros y te amos y en un beso. Un beso en la mejilla. Hasta ese entonces, descubrí lo que era el taxi. Hoy los taxis siguen parándose frente a esa misma parada, igual que la línea J, que solía separarnos cuando irremediablemente debía irme. A veces, tu madre pasaba antes, y yo debía conformarme con un beso fútil, mal estampado. Y hoy, sólo paso. Una vez te dibujé en esa parada de autobus. Tomé un cuaderno y, según recuerdo, esbocé una muñequita delgada, muy parecida a ti. Tenía los mismos deportivos celestes que tú usabas aquel día. Señas irreprensiblemente tuyas: el cabello cayendo por todos lados, la diminuta cola de caballo amagada por una liguita negra, tus lentes rectangulares y algunas pecas sobre la nariz. Intenté dibujarla igualita a ti, tal como tú. Con la diferencia de que en el dibujo, tenías un dije. Un dije que te regalé esa misma tarde, que colgué cariñosamente sobre tu cuello. Un dije en forma de corazón. Perderías después ese regalo, una tarde que nos recostamos sobre el pasto, a besarnos, solemnemente. Lo repuse después con otro dije similar, esta vez, con unas esquirlas brillantes en el corazón plateado. Volviste a perderlo. Y lo repuse de nuevo, con un corazoncito de brillantes. Ya no recuerdo si perdiste ése o no. Pero fue también, en esa misma parada, que nos ocurrieron dos cosas irremisibles. A) Te conté sobre mi pretención de suicidio. Y te conté también, como fue que falló. Me preguntaste algo como, "¿qué te hizo seguir viviendo?", y yo respondí, "encontrar el amor, convertirme en padre algún día, probablemente, quién sabe". Sonreí. Sonreíste. Me sonreíste con tanta fuerza que supe que posiblemente me amabas. Y bueno, B)... fue en esa misma parada que te dije porqué te amaba. Desde ese momento, no han cambiado mis razones: "...te amo simple y sencillamente porque despierto a diario con tu imagen incrustada en mi mente, te miro cuando me veo al espejo y me lavo los dientes, y es cuando me digo, hoy vas a verla, y con eso, harás tu día, tan sólo con mirarla". Quién iba a decirlo. Hace ya mucho tiempo que no te veo. Bueno, aunque sí, sí te veo, en mi mente, cuando paso por la parada de autobus. Recuerdo mucho tu rostro aquel día. Poco antes de sentarnos ahí, te había llevado al Departamento de Ciencias Básicas, a las escaleras, para decirte que insoportablemente, te amaba, que me laceraba no haber podido decírtelo, que había sido un cobarde por no decírtelo. Me disculpé por hber preferido ocultar lo que sentía por ti saliendo con alguien más, haciéndome novio de otra chica. Y es que, había cortado con esa muchacha para alcanzarte y decirte que te amaba. Qué tonto, no dejé esperar ni dos días. Nada más corté con mi primera novia y corrí a expresar lo que sentía por ti. Recuerdo que te sorprendiste mucho, y con razón. Y ese día, transitábamos esa misma calle por la que hoy, paso, completamente consternados. Yo, por haber desenmarañado un gran secreto, "el punto a jamás tocar", como yo le llamaba. Tú, porque no dabas crédito a lo que escuchabas...sí, que él, el "mejor amigo", te amaba. Y, que siempre te había amado. A veces, incluso, sigo pensando que lo haré eternamente. Y hoy paso. Por la plazilla de negocios contables, lugares vacíos de estacionamiento, cadenas amarillas y una tienda de abarrotes, que están frente a la esquina de la escuela. Y recuerdo que cuando te encaminaba a tu casa, era ese punto en el quecomenzabas a platicarme algo. O más bien, donde te vendría contando lo que sea; sobre libros, más que todo. Películas, música o libros: eso era yo en la preparatoria. Eso soy yo, probablemente. Eso seré siempre. A veces, recuerdo que me escuchabas embelesada. Cuántas cosas no sabía yo. Ahora me percato de que no sabía nada. Era un moquete pretencioso, un sabelotodito. Demasiado pretencioso para mi propio gusto, caray. Desconocía muchas cosas que ahora sé, que hubieran servido tanto durante aquellos momentos. Como cómo quererte, como cómo haberte hecho sentir que valías, que me agradaba escucharte. No sé...tantas y tantas cosas. Y yo hablaba del Señor de los Anillos, que en ese entonces estaba muy de moda. Y yo con el "Retorno del Rey", con Arwen y con Gandalf y con los hobbits. Yo parecía un hobbit en esos días, ¿me recuerdas?, tenía el cabello ensortijado hecho una maraña, era muy delgado, hasta paliducho, y mis orejas se ocultaban por mi cabello castaño. Una melenita abundante. Cuando todavía tenía cabello, caray. Qué cosas...y me decías cosas tan bonitas. Siempre, que era un loco, que estaba medio loco, que era "tu loco". Pero lo más bonito que me dijiste, que me voy a acordar siempre, fue en el parque que está al lado de tu casa -o de lo que era tu casa-: "eres un pequeño ángel que le gusta jugar a vivir". Y tú eras muy hermosa, finísima, grácil. Muy tímida. Sobria, muy seria. Demasiado formalita para un loco como yo. Pero así me encantabas, con el cabello largo, con tus secretos, con tus ojitos de carey. Así me gustabas tantísimo. Y hoy paso por el mismo basurero sobre la terracota, por el portón oxidado, por la pequeña empresa de vigilancia y por el anuncio de Silicones. Por la cancha de futbol rápido. Era esa esquina la que aprovechábamos siempre para besarnos. Besarnos rápido, de pellizco. Justo antes de cruzar la calle. Como es de doble sentido, teníamos cuidado en esperar que ambos flujos se detuvieran. Hoy, me agrada detenerme un rato en esa esquina, buscándome en mi meoria para besarte otra vez. Éramos un par de chiquillos. Unos chiquillos que se reconfiguran en cada parejita que hoy transita esas calles, que hoy sale de esa misma escuela. Tan jovencitos y hermosos. Tan felices. Hoy cruzo esa calle para toparme con la gran avenida de lozas y una gran barda, que conduce a la Plaza que estaba cerca de tu casa. Y ahí mi sonrisa fue borrándose. Recordé que en esa calle comenzábamos a discutir. Esa calle está inundada de mis celos del pasado, de mis humillaciones hacia ti, de los sarcasmos, de la violencia. De explicitar porqué no servías para mí, porqué era tan infeliz. Del chantaje. Y paso y lloro. Por todas las tardes que con el pretexto de acompañarte a tu casa, usaba el camino para comportarme como un imbécil. Y recordé que antes de eso, cruzábamos esa calle abrazados. Me percaté, incluso, de que un día cruzamos esa calle uno frente al otro, yo de espaldas, tú de frente, y la cruzamos besándonos. Y tú ya no te acuerdas, pero yo no puedo cruzar sin pensar en que fue uno de los días más felices de mi vida. Y hoy paso, paso solo, paso gordo, aletargado, con mi corbata y mis ánimos de ser adulto. Sólo paso, paso viéndolo todo pasar. Y hoy, hay un edificio y un camellón que entonces, no estaban. Hay un montón de decepciones que entonces no estaban. Pero los lugares clave prevalescen tanto como los recuerdos. Como el Vips con una pequeña tabaquería llena de películas y ositos de peluche, como el expendio de revistas, como la entrada al almacén donde siempre se aparcaban los carritos de súper, como el puesto de tortas, como la marquesina de cine, como la parada de autobus donde, después de dejarte en la puerta de tu casa, me detenía a pensar en ti y a esperar mi transporte. Caray, como la misma puerta de tu casa. Donde nos peleábamos, nos abrazamos por horas, nos remitíamos a la pared sombría a descontarnos diez minutos de besos, como tantas y tantas cosas que no han cambiado. Hoy paso. Paso solo. Pero sigo tomando la misma línea de autobus, la número 3, sigo comprándome un Dr. Pepper en esa tiendita cerca de tu casa, en la que atendía una muchacha checa, y sigo llamando desde la caseta telefónica de la esquina de tu calle. A veces me gusta, ocioso, sentarme en el parque de al lado de tu casa. Hago unos reportes ahí, me como un sandwich, escribo un poema, o me doy un respiro. El otro día, vi a dos jóvenes bajo la jardinera donde nos sentábamos. Se besaban. Se besaban tanto que parecía que se iban a comer las caras. Me acerqué sigiloso. Éramos nosotros, yo con mi playera diminuta y verde, tú con esa blusa de olancitos y botones, pálida y de rayas. Yo te tomaba del cuello y recostaba tu cabeza. Buscaba abrazarte. Tú, consternada por aquel beso, movías poco los brazos, pero meneabas mucho las piernas, enfundadas en unos vaqueros ajustados. Por la cajita de galletas que había al lado de ese muégano-beso, me percaté de que se trataba de la primera vez que te visitaba, que le llevé galletas a tu familia, que decidimos salir al parque de al lado, a "platicar". Claro que la visita se nos fue besándonos. Se nos fue en un gran beso. Nos vi y no quise interrumpir. Me pareció descortés, viendo lo emocionados que estábmos, lo nerviosos, lo excitados, lo faltos de elocuencia y llenos de amor. Me puse mejor a escribirnos un poemita y, tomando mi maletín, me alejé hacia donde terminan estas calles.

3 comentarios:

  1. asi debes escribir siempre, con sentimiento, con el alma. pienso que cuando escribes para que alguien mas lo lea, es asi como debe ser, trasmitir amor, nostalgia, trsiteza y ferlicidad, mucha felicidad. me gusta y me gusta mucho, es bueno, lo sabes, porque pensabas en alguien especial. busca eso siempre, que sea realmente especial, para que puedas escribir con el alma.

    un beso, te kiero!!

    ResponderEliminar
  2. Un "ya sabes qué" no tiene alma, ¡ojo! No pierdas estilo Eloy.

    :P

    ResponderEliminar
  3. http://wabamon.blogspot.com/2009/04/sommet.html

    check it out

    ResponderEliminar